Salvador Alejandro Pérez Rosas

Sobre las malas palabras…

“Obviamente no sé quién define a las palabras como malas palabras, tal vez sean como esos villanos de viejas películas, que en un principio eran buenos, pero la sociedad los hizo malos”. – Roberto “El Negro” Fontanarrosa en el III Congreso de la Lengua Española, 2004.

Diez años sin el Negro Fontanarrosa (qué lo parió) - Infobae

¿Son acaso tan malas “las malas palabras”?

Ese es un tema que ha sido discutido, pensado, confirmado y reinvestigado muchas veces. Una conclusión de corte común dice que a menos que haya un asunto que cause coprolalia constante (como en algunos casos de Tourettes u otros trastornos), el uso de groserías o blasfemias -como jocosamente le llaman algunos- en el uso normal del lenguaje incrementa la efectividad del mensaje y le hace más persuasivo, sobre todo cuando tiene un significado evidente que busca motivar, aclarar o puntuar un suceso importante.

Ergo, aunque comúnmente se use en círculos que muchas personas de mente más conservadora (por no decir mojigata) considera deleznables o dignos de gente con poco o pobre vocabulario, resulta que el uso de las mismas se ha probado estandarte de muchísimos genios literarios, artísticos, musicales y otros aplicables a lo largo de la Historia.

Aurelio Meza, escritor mexicano, menciona cómo autores de talla trajeron versiones de un lenguaje a sus lectores que otrora hubieran sido impensables, haciendo mención al lunfardo por Borges y Arlt, al inglés de los negros por Dickens, Faulkner y Toni Morrison (este de ascendencia negra) y el chilango por Pacheco y José Agustín. También debería añadirse a Tito Maccio Plauto, José Saramago, Charles Bukowski, Víctor Hugo, Lope de Vega, Honoré de Balzac​, François Rabelais y hasta el mismísimo Molière, quienes recurrieron a formas del lenguaje que muchos en su época consideraban soez, vulgar e inaceptable.

El artículo tiene una cita al final del gran Roberto “El Negro” Fontanarrosa, la cual dijera en aquella mesa de discusión hace años en el III Congreso de la Lengua Española (por ahí del 2003 o 2004 y que tuve la suerte de ver al momento), pero de esa mesa me permito citar otra parte que me ha gustado más: «A veces nos preocupamos porque los jóvenes usan malas palabras. A mí eso no me preocupa (que mi hijo las diga). Lo que me preocuparía es que no tengan una capacidad de transmisión y de expresión, de “grafismo” al hablar. Como esos chicos que dicen: “Había un coso, que tenía un coso y acá le salía un coso más largo”. Y uno dice: “¡Qué cosa!”».

Y luego cierra: «Porque no es lo mismo decir “pelotudo” que “tonto”» y yo confirmo, a mi modo, que no es lo mismo decir “menso” que “pendejo”.

Cierro texto y quedo atento a las órdenes de la editorial de Piensología y también agradecido a quien me lea. Que sigan con salud y con bien.

Afectuosamente,

Salvador Alejandro.

“Mujer”, de Salvador A. Pérez Rosas

“Te llevaste todo ese día, mujer.
Tanto te amé, tanto me dueles,
tanto de ti y que ahora no eres.
El amor murió contigo, mujer.
 
Y digo que amaré como ayer,
que besaré con amor sincero.
Pero a nadie como a ti quiero;
el amor murió contigo, mujer.
 
Muera entonces el amor,
muera pues la pasión mía.
Sólo querer con el alma fría;
el amor murió contigo, mujer”
 
“Mujer”, de Salvador A. Pérez Rosas, 2011.

Cuando lloran las palabras…

“Hoy mis pensamientos se llenan de tristeza,
con mis letras formando ideas macabras.
Mente y alma confabulan con presteza,
y pues hoy es cuando lloran las palabras.

Mis palabras lloran dolidas por tres damas,
una amante, una amiga y un fantasma.
Una que fue mucho, otra que fue tanto,
otra que mi poesía justicia no plasma.

Lloran mis palabras por la mujer que se va,
aquella dama que dos veces se aleja.
Por rencor, dolor y miedo se irá,
y así a quien la amó abandonado deja.

Lloran mis palabras por la mujer amiga,
que sin temor ni culpa alas espera.
Vida y alma en pedazos desperdiga,
el acto inhumano de quien amor prohibiera.

Lloran mis palabras por la mujer que no está,
aquella que años atrás se ha marchado.
Mi mente a mí mismo otra vez culpará,
queriendo verla una vez más a mi lado.

Hoy mis pensamientos se llenan de dolor,
con cada letra en sangre de corazón herido.
¡Lloro, entonces, por todo y por amor!
¡Lloro, pues, por las tres que se han ido!”

“Cuando lloran las palabras”, de Salvador A. Pérez Rosas, 2016.

“Hoy te amo menos”, de Salvador Alejandro Pérez Rosas

“Te prometí una vida llena de amor,
ser fiel siempre a tu figura.
Te prometí calor en días de frío,
para evitar el dolor que te censura.

Quise ser esposo, hombre, el ser amado,
quien en tu lecho durmiera a tu lado.
Pero llegó de nuevo el enemigo mismo:
entre nosotros, de nuevo, el abismo.

Pudimos ser vida, alegría y perpetuidad.
Pudimos ser uno por toda la eternidad.
Pero no somos nada ni seremos jamás.
Hoy te amo menos y mañana, no más.”

“Hoy te amo menos”, de Salvador Alejandro Pérez Rosas

“Tu vientre”, de Salvador Alejandro Pérez Rosas

“Tu vientre es la muerte, mujer.
Lo digo porque vive en mi memoria,
en mis manos, en mi piel.
y yo me desvivo amándote, mujer.

Muerto en vida,
intentando vivir sin ti,
pero me muero por tenerte,
y tener tu vientre frente a mí.

Desvanecerme en él,
y amarle hasta morir.
Hacerle la vida, hacerle el amor,
conseguir la perpetuidad.

Porque tu vientre es la vida, mujer.
y la muerte de mi ser, también.
Con amor haremos vida en él,
para que sigamos en el mundo
aunque ya no estemos en él.

Con la vida que con pasión hagamos,
aquella que el amor habrá de hacer.
Y quien viva por nosotros sabrá,
que te amé y te amo tanto, mujer.
Que tan te amé desde antes que fueras madre
y que tan me amaste que en padre me convertí.

Porque tu vientre es la vida, mujer.”

 

“Tu vientre”, de Salvador Alejandro Pérez Rosas

“Amaba amarte”, de Salvador Alejandro Pérez Rosas.

“De las cosas que hicimos y de todo lo que juntos aprendimos, lo que más me gustaba, lo que más adoraba, era amarte. Amaba amarte toda, amarte a medias, amarte grande y amarte pequeña. Amaba verte sonreír, amaba hacerte reír y amaba borrar de ti cada duda que se te escurria en el corazón.

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Amaba molestarte un poco en broma sólo para que me gruñieras de regreso. Amaba cada momento en el que estabas triste porque podía alegrarte. Cada momento en que te enojabas porque podía calmarte. Cada momento en que dudabas porque podía convencerte. Cada momento en que temías porque podía ser el valor que te hacía falta.

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Amé cuando nos amamos no importando el lugar. En el auto, en la calle, en donde fuera; el amor estaba con nosotros y, si no estaba, lo hacíamos juntos hasta saciarnos.

Y así como amé todo eso, amé también cuando peleamos. Cuando comenzaste a temer tanto que no regresabas, cuando comenzaste a dudar tanto que te volviste injusta, que te volviste cobarde, que te volviste hasta censura.

Amé todo ello porque tanto te amo aún, que amé la oportunidad de dejarte libre y de seguir siendo sin mí. Porque sin mí es como me enamoré de ti… y conmigo es como no quise seguir amándote”.

“Amaba amarte”, de Salvador A. Pérez Rosas, 2015.

“Te piden que olvides…” de Salvador Alejandro Pérez Rosas

“La perdí. Un día, después de tanto luchar, se fue. No hubo mucho que pudiera hacerse, tampoco. La partida era inminente. Se fue.

Lloras, gritas, dueles. Maldices a quien sea mientras dejas de creer en quien cree todo el mundo. Dejas de sentir lo que sienten los demás y te dejas caer en un abismo de dolor que nadie parece poder entender, pero que al principio todos pretenden compartir contigo.

Ellos eventualmente se rinden. Se cansan. No importa quién sea, todos te piden que olvides. Que dejes ir. Que el tiempo lo sana todo. Que esto no se ha terminado. Que lo superes. Que te sientas bien. Que ya sufriste demasiado y que es hora de decir adiós. Que encontrarás a alguien más.

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Pero no es lo mismo. No es como cuando dices adiós sabiendo que estarán mejor en otro lado, siempre teniendo la esperanza de que alguien más te cuente cómo le ha ido. Tampoco puedes ir de visita ni puedes llamarle por teléfono para recordar viejos tiempos, ni siquiera después de esa épica borrachera que te recuerda lo que has perdido. No hay forma de seguirle a donde esté, tampoco, ni la hay de verla más feliz en otro lado o con alguien más.

Esa clase de despedidas duran un poco más. Duran para siempre.

Y no puedes sino preguntarte si esas personas que tanto te dicen que olvides, que dejes ir, han perdido alguna vez a alguien como tú lo has hecho. Si alguna vez han encontrado y perdido a alguien cuyo amor consideran irremplazable. Pero sabes que no es así y que jamás será así; nadie logrará entenderte a menos que hayan caminado en tus zapatos.

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Pero venga, que hay que ser fuerte. Hay que intentarlo y hacerles creer que perder a quien la mayoría busca toda una vida no te ha hecho mella, que así dejas de preocupar a quienes te quieren y dejas de joder a quienes tienes harto. Volver a amar será casi imposible ya que no aceptarás nada menos que el amor que alguna vez diste y has recibido. Mientras tanto, ofrecerás consejo, alivio y cariño a los que sufren por aquellos que no les quieren porque sabes lo que es amar y ser amado, porque sabes lo que es —en realidad— el amor verdadero.

Y no necesitarás pedir ayuda. Nunca. Porque conoces tanto lo que es el dolor que no querrás que nadie más sepa de él de esa manera, ni siquiera si eres tú el que sufre. Así te caigas a pedazos, harás lo imposible para evitarlo.

Porque sabes muy bien lo que es el amor,
y sabes aún más cómo se siente perderlo.”

“Te piden que olvides”, de Salvador Alejandro Pérez Rosas, 2012.

“Cuando te quedaste atrás” de Salvador Alejandro Pérez Rosas

“Cuando te quedaste atrás,
te quedaste con todo lo mío.
Ni amor, paciencia y brío,
no quedaba en mí ya más.

Cuando te quedaste atrás,
elegiste quedar en el pasado.
Elegiste creer no haber amado,
a quien amar siempre habrás.

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Cuando te quedaste atrás,
cortaste imagen, voz y amor.
Y lo que se corta con ardor
No se va del corazón jamás.

Espero que no sufras más,
que no tengas miedo de soñar
y que decidas al fin dejar,
ese día en que quedaste atrás.”

“Cuando te quedaste atrás”, de Salvador Alejandro Pérez Rosas, 2015.

“Revolución”, de Salvador Alejandro Pérez Rosas

marcha1Me contengo,
me detengo.
Ante el hermano perdido,
ante el compatriota herido,
ante los que se han ido,
me contengo,
me detengo.

No puedo más,
se me escapa el llanto.
Ante un fallido estado,
ante un pueblo engañado
ante el corazón desgarrado
de un padre, de una madre,
de cuarenta y tres.

Me rehúso a callar,
y no caeré en su juego.
Y gritaré a cada segundo,
ante un gobierno nauseabundo,
para que escuche todo el mundo.
Un grito pacífico.
Un viento de cambio.

Revolución.”

“Revolución”, de Salvador Alejandro Pérez Rosas, 2014.

“Amar ya no es suficiente”, de Salvador Alejandro Pérez Rosas

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“Te amo.
Pero amar ya no es suficiente.
¿Cómo puedo decirte que te amo si ya no es suficiente?
Y es que puedo decirlo varias veces, pero será repetir en vano lo que no me alcanza.
Claro que lo que siento por ti es amor, mi cielo, pero ya no sólo es amor.
Es más que eso.
Son tantas cosas.
Un conjunto de una cosa
y uno solo de varias.
Ni siquiera un poema me alcanza.
Es la razón de escribir esta prosa sin sentido.
Este intento de poema que sólo es meramente un sentimiento.
En ella busco, sin éxito, que me lleguen las palabras adecuadas para describirlo,
Pero no las hay.
Tan no las hay que mi verborrea continúa,
En éxtasis de amarte,
triste de no poder explicártelo.

Pero no puedo decirte más.
No puedo comunicarte en palabras lo que mi lenguaje no define.
Tal vez debería inventar otro idioma.
Alguno que me permita una palabra que lo explique.
Pero mientras eso sucede, mis abrazos habrán de definirle.
Mis besos hablarán por mí.
Y será amándote hasta que la definición me alcance,
abrazándote hasta que me alcance el tiempo,
besándote hasta que me deje la vida,
que habré, finalmente, alegre
de explicarte a detalle,
y con todo el corazón
cuánto te amo.”

“Amar ya no es suficiente”, de Salvador Alejandro Pérez Rosas, 2014.