poema

“Mañana dejaré de amarte”, de Salvador Alejandro Pérez Rosas

“A esa mujer que de mi vida fue parte,
aquella que aún es mi singular amada,
así me deje el corazón en la nada,
será mañana cuando deje de amarte.

Porque no puedo ya con tantas pasiones,
con la imagen tan presente de tus senos.
Pero no todos los recuerdos son buenos,
que también guardo lo cruel de tus acciones.

Te deseo sólo bien, querida mía,
salud y bienestar para tí yo quiero.
Y si de lo nuestro queda si un empero,
¡Pues llama, habla, que se nos acaba el día!

Porque mañana voy a dejar de amarte,
porque más quiero amar y encontrar amor.
Y si lo que fue contigo ha sido un error,
no digas más, que habré al fin de olvidarte.”

Femme Ex Machina

“Mañana dejaré de amarte”, de Salvador Alejandro Pérez Rosas.

“Rima LIII”, de Gustavo Adolfo Becquer

“Volverán las oscuras golondrinas
En tu balcón los nidos a colgar,
Y, otra vez, con el ala a sus cristales
Jugando llamarán.
Pero aquellas que el vuelo refrenaban
Tu hermosura y mi dicha a contemplar,
Aquellas que aprendieron nuestros nombres…
ésas… ¡no volverán!

Volverán las tupidas madreselvas
De tu jardín las tapias a escalar,
Y otra vez a la tarde, aún más hermosas,
sus flores se abrirán;
Pero aquellas cuajadas de rocío
Cuyas gotas mirábamos temblar
Y caer, como lágrimas del día…
ésas… ¡no volverán!

Volverán del amor a tus oídos
Las palabras ardientes a sonar;
Tu corazón de su profundo sueño
tal vez despertará;
Pero mudo y absorto y de rodillas,
Como se adora a Dios ante su altar,
Como yo te he querido… desengáñate;
¡así no te querrán!”

“Rima LIII”, de Gustavo Adolfo Becquer.

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“Amaba amarte”, de Salvador Alejandro Pérez Rosas.

“De las cosas que hicimos y de todo lo que juntos aprendimos, lo que más me gustaba, lo que más adoraba, era amarte. Amaba amarte toda, amarte a medias, amarte grande y amarte pequeña. Amaba verte sonreír, amaba hacerte reír y amaba borrar de ti cada duda que se te escurria en el corazón.

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Amaba molestarte un poco en broma sólo para que me gruñieras de regreso. Amaba cada momento en el que estabas triste porque podía alegrarte. Cada momento en que te enojabas porque podía calmarte. Cada momento en que dudabas porque podía convencerte. Cada momento en que temías porque podía ser el valor que te hacía falta.

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Amé cuando nos amamos no importando el lugar. En el auto, en la calle, en donde fuera; el amor estaba con nosotros y, si no estaba, lo hacíamos juntos hasta saciarnos.

Y así como amé todo eso, amé también cuando peleamos. Cuando comenzaste a temer tanto que no regresabas, cuando comenzaste a dudar tanto que te volviste injusta, que te volviste cobarde, que te volviste hasta censura.

Amé todo ello porque tanto te amo aún, que amé la oportunidad de dejarte libre y de seguir siendo sin mí. Porque sin mí es como me enamoré de ti… y conmigo es como no quise seguir amándote”.

“Amaba amarte”, de Salvador A. Pérez Rosas, 2015.

“Amor”, de Pablo Neruda

“Mujer, yo hubiera sido tu hijo, por beberte
la leche de los senos como de un manantial,
por mirarte y sentirte a mi lado y tenerte
en la risa de oro y la voz de cristal.
Por sentirte en mis venas como Dios en los ríos
y adorarte en los tristes huesos de polvo y cal,
porque tu ser pasara sin pena al lado mío
y saliera en la estrofa -limpio de todo mal-.

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Cómo sabría amarte, mujer, cómo sabría
amarte, amarte como nadie supo jamás!
Morir y todavía
amarte más.
Y todavía
amarte más
y más.”

“Amor”, de Pablo Neruda

“Te piden que olvides…” de Salvador Alejandro Pérez Rosas

“La perdí. Un día, después de tanto luchar, se fue. No hubo mucho que pudiera hacerse, tampoco. La partida era inminente. Se fue.

Lloras, gritas, dueles. Maldices a quien sea mientras dejas de creer en quien cree todo el mundo. Dejas de sentir lo que sienten los demás y te dejas caer en un abismo de dolor que nadie parece poder entender, pero que al principio todos pretenden compartir contigo.

Ellos eventualmente se rinden. Se cansan. No importa quién sea, todos te piden que olvides. Que dejes ir. Que el tiempo lo sana todo. Que esto no se ha terminado. Que lo superes. Que te sientas bien. Que ya sufriste demasiado y que es hora de decir adiós. Que encontrarás a alguien más.

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Pero no es lo mismo. No es como cuando dices adiós sabiendo que estarán mejor en otro lado, siempre teniendo la esperanza de que alguien más te cuente cómo le ha ido. Tampoco puedes ir de visita ni puedes llamarle por teléfono para recordar viejos tiempos, ni siquiera después de esa épica borrachera que te recuerda lo que has perdido. No hay forma de seguirle a donde esté, tampoco, ni la hay de verla más feliz en otro lado o con alguien más.

Esa clase de despedidas duran un poco más. Duran para siempre.

Y no puedes sino preguntarte si esas personas que tanto te dicen que olvides, que dejes ir, han perdido alguna vez a alguien como tú lo has hecho. Si alguna vez han encontrado y perdido a alguien cuyo amor consideran irremplazable. Pero sabes que no es así y que jamás será así; nadie logrará entenderte a menos que hayan caminado en tus zapatos.

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Pero venga, que hay que ser fuerte. Hay que intentarlo y hacerles creer que perder a quien la mayoría busca toda una vida no te ha hecho mella, que así dejas de preocupar a quienes te quieren y dejas de joder a quienes tienes harto. Volver a amar será casi imposible ya que no aceptarás nada menos que el amor que alguna vez diste y has recibido. Mientras tanto, ofrecerás consejo, alivio y cariño a los que sufren por aquellos que no les quieren porque sabes lo que es amar y ser amado, porque sabes lo que es —en realidad— el amor verdadero.

Y no necesitarás pedir ayuda. Nunca. Porque conoces tanto lo que es el dolor que no querrás que nadie más sepa de él de esa manera, ni siquiera si eres tú el que sufre. Así te caigas a pedazos, harás lo imposible para evitarlo.

Porque sabes muy bien lo que es el amor,
y sabes aún más cómo se siente perderlo.”

“Te piden que olvides”, de Salvador Alejandro Pérez Rosas, 2012.

“Cuando te quedaste atrás” de Salvador Alejandro Pérez Rosas

“Cuando te quedaste atrás,
te quedaste con todo lo mío.
Ni amor, paciencia y brío,
no quedaba en mí ya más.

Cuando te quedaste atrás,
elegiste quedar en el pasado.
Elegiste creer no haber amado,
a quien amar siempre habrás.

Femme Ex Machina

Cuando te quedaste atrás,
cortaste imagen, voz y amor.
Y lo que se corta con ardor
No se va del corazón jamás.

Espero que no sufras más,
que no tengas miedo de soñar
y que decidas al fin dejar,
ese día en que quedaste atrás.”

“Cuando te quedaste atrás”, de Salvador Alejandro Pérez Rosas, 2015.

“Revolución”, de Salvador Alejandro Pérez Rosas

marcha1Me contengo,
me detengo.
Ante el hermano perdido,
ante el compatriota herido,
ante los que se han ido,
me contengo,
me detengo.

No puedo más,
se me escapa el llanto.
Ante un fallido estado,
ante un pueblo engañado
ante el corazón desgarrado
de un padre, de una madre,
de cuarenta y tres.

Me rehúso a callar,
y no caeré en su juego.
Y gritaré a cada segundo,
ante un gobierno nauseabundo,
para que escuche todo el mundo.
Un grito pacífico.
Un viento de cambio.

Revolución.”

“Revolución”, de Salvador Alejandro Pérez Rosas, 2014.

“Soy yo”, de Salvador A. Pérez Rosas

“No debes temer más, luna mía.
El tiempo es mera eventualidad,
El futuro es sino un momento,
de la que será nuestra realidad.

Sé que el miedo está presente,
que mucho temes al amor puro.
Entonces seré valor, mi dama,
mientras me ames, yo esto juro.

Jamás te haré falta, mi cielo.
Seré siempre al amor sincero.
Pues mi lugar está a tu lado,
Soy yo, sin duda, el verdadero.

Esa es, sin duda, mi respuesta.
que cantaré con gran embeleso,
Y cada que temas ahí estaré,
dándote valor con un beso.

Pues soy yo, mi mujer de nieve,
ese hombre que tanto te ama.
El caballero que esperaba,
a que llegara su linda dama.

“Soy yo”, de Salvador A. Pérez Rosas, 2015.

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“Vieja compañera”, de Salvador A. Pérez Rosas

“Ah, eres tú, vieja compañera. Hacía mucho que no visitabas. Que no sabía nada de ti.

Pero para poder recibirte con una sonrisa y aún tener la energía suficiente para despedirme de ti, he de hacer a un lado los escombros que has dejado sobre mí. Aquellos que cubren lo que creí poder ignorar y que he de recoger si es que quiero enfrentarme a ti.

¿Por qué regresas? ¿Por qué insistes? ¿Por qué no puedo simplemente ignorarte y continuar con aquello que me hace feliz? Ah, por eso. Porque no te he enfrentado. Porque no te he dicho que ya no eres bienvenida. Porque ignorarte no sirve de nada si aún estás ahí.

Siempre has sido una cruel compañera, intentando mezclarte con aquello que me deja una sonrisa o que me hace olvidar que existes. Es como si cada vez que quisiera dar un paso al frente, me jalaras del pantalón para voltear hacia ti y darme cuenta de que sigues presente.

La verdad es ineludible: debo enfrentarte si es que quiero dejarte ir. Debo decirte lo que no he dicho si es que quiero ser libre. Debo seguir adelante sin ignorarte. Enfrentarte. Vencerte.

Eres cruel. Inclusive buscas hacer de la catarsis de estas palabras una pérdida de tiempo, así como te encargas de ensuciar cualquier dulzura con tu pesadumbre. Y pensar que antes me amargaba entre bromas, justificando mi soledad contigo, mi única compañera.

Pero no habrás de lograr nada. No esta vez. Porque la última vez dije que la próxima sería la última. Y la última es esta vez. Resulta que tu presencia es poderosa, pero más lo es la de ella. Sé que la odias, pero tu opinión ya no es importante. Lo que me hagas recordar ya no es relevante. Porque a diferencia de otras veces, esta vez estoy con ella.

¿Duele, acaso, que no quiera estar contigo? Bien, así tal vez decidas no regresar más y, si lo haces, jamás será lo mismo. No olvides que siempre me he puesto de pie, aún contigo presente para arruinarme el intento. No podrás vencer. No lograrás tu cometido. Nunca lo harás.

Perderás. Claro, insistirás, pero siempre perderás.

Me quedo con ella.

Adiós, Tristeza.

Hola, Felicidad”.

“Vieja Compañera”, de Salvador A. Pérez Rosas, 2015.

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“Poema 18” de Pablo Neruda

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“Aquí te amo.
En los oscuros pinos se desenreda el viento.
Fosforece la luna sobre las aguas errantes.
Andan días iguales persiguiéndose.

Se desciñe la niebla en danzantes figuras.
Una gaviota de plata se descuelga del ocaso.
A veces una vela. Altas, altas estrellas.

O la cruz negra de un barco.
Solo.
A veces amanezco, y hasta mi alma está húmeda.
Suena, resuena el mar lejano.
Este es un puerto.
Aquí te amo.

Aquí te amo y en vano te oculta el horizonte.
Te estoy amando aún entre estas frías cosas.
A veces van mis besos en esos barcos graves,
que corren por el mar hacia donde no llegan.

Ya me veo olvidado como estas viejas anclas.
Son más tristes los muelles cuando atraca la tarde.
Se fatiga mi vida inútilmente hambrienta.
Amo lo que no tengo. Estás tú tan distante.

Mi hastío forcejea con los lentos crepúsculos.
Pero la noche llega y comienza a cantarme.
La luna hace girar su rodaje de sueño.

Me miran con tus ojos las estrellas más grandes.
Y como yo te amo, los pinos en el viento, quieren cantar tu nombre con sus hojas de alambre.”

“Poema 18”, de Pablo Neruda