Ari

“A ti, Ari” (4 de 4)

“Hoy aún me dueles, mi amor. Aún te extraño, mi cielo. Aún me haces falta y estos crueles recuerdos que llevo en mi corazón me delatan. Pero ya no más, cariño, que me has dolido ya por mucho tiempo. ¿Cómo podré amar de nuevo si no abro el corazón?

¿Y cómo puedo abrirlo nuevamente si aún tengo tu recuerdo encerrado en él?

Pero merezco ser feliz, vida mía, y para conseguirlo debo dejarte ir. Debo permitir que te vuelvas un recuerdo, no un recordatorio de lo que ya no fue, de lo que ya no es y de lo que no será jamás. Lo haré porque quiero amar de nuevo. Amar de verdad y vivir de nuevo.

Debo dejarte ir, amor mío, y dejar de ser el hombre que fui contigo y convertirme en el hombre que quiero ser. Un hombre que quiere amar como nunca ha amado antes. Un hombre que quiere ser mejor cada día. Un hombre que quiere ser feliz.

Gracias por todo, Ari.
Gracias a ti.”

“A ti, Ari” (4 de 4), de Salvador A. Pérez Rosas.

Anuncios

“A ti, Ari” (3 de 4)

“Era 28 de agosto. No sabía que durante años esa fecha habría de perseguirme. Esa tarde decías que me fuera a casa a descansar y, aunque intenté negarme, insististe. “¿A dónde voy a irme?” dijiste sacando la lengua y sonriéndome una vez más, como acostumbrabas. Quedé en llamarte en la mañana y nos despedimos, como siempre.

Llegué a casa e intenté dormir, pero la necesidad de hablarte al día siguiente para saber cómo estabas me tuvo inquieto y apenas pude pegar pestaña. A la mañana siguiente llamé y contestó tu mamá, algo rara. Y me saludó rompiendo en llanto, confesándome que te habías ido anoche. Que ya no estabas más.

De repente, todas esas discusiones que teníamos y esa seguridad tuya de que prevalecerías se hicieron presentes. Tanto quise creer que en ese momento puse a un lado mis dudas sobre Dios y salí al jardín, gritando a los cielos tu nombre. Pedía por ti, por una señal que probara que no me habías mentido, que ahí estarías.

Pedí por ti. Pedí por Él. No hubo respuesta.

Y entonces blasfemé. Vociferé y blasfemé. Le gritaba a tu Dios blasfemias e insultos para que bajara, encolerizado como me habías leído en la Biblia. Si venía a consolarme o a castigarme, sería prueba de que la enfermedad no te había vencido y de que tenías razón. De que estaba yo equivocado y que no te habías ido completamente.

“Sería prueba de que Dios existe”, pensaba. Al fin habría prueba de ello, creía.

Pero nada. Por más que me gasté, nada. Ahí mismo fue cuando el último atisbo de duda se borraba y mi ateísmo se volvía absoluto. Antes no lo era, claro: de eso te habías encargado tú. Tan segura tú, tan fiel a Dios, pero nada. Sin poder articular palabra grité porque me habías mentido.

Porque Dios no existía y porque tú me habías mentido.”

“A ti, Ari” (3 de 4), de Salvador A. Pérez Rosas.

“A ti, Ari” (2 de 4)

“Me enojé. Grité. Te reclamé furioso por no darme la oportunidad de saber lo que me habías escondido, de arrebatarme el derecho a estar a tu lado cuando ya casi veías el final del camino, de hacerme sentir culpable por haber terminado lo nuestro sin saber que te dejaba caminando a solas.

Y a pesar de todo ello me sonreíste. Me abrazaste. Me besaste. Y pedías perdón, pero no lo acepté. No pude. Pero tenía la oportunidad de estar nuevamente a tu lado, enojado o no. De cuidarte, enojado o no. De acompañarte, enojado o no. Hasta que tu camino terminara, enojado o no.

Qué duro fue acercarse al final. Verte desaparecer lentamente era algo que creí que merecía, ya que yo era el que había terminado lo nuestro cuando estábamos separados. Pero no sabía por qué te habías ido. Habías elegido no decirme nada para no lastimarme, pero seguía molesto contigo. Furioso conmigo. Enojado por todo.

Pero sonreías. Nunca entendí cómo lograbas sonreír, considerando lo que estaba ocurriendo. Recuerdo esas discusiones tan teológicas al respecto, contigo defendiendo enardecida tu creencia religiosa y yo lo absurdo que me parecía. Estabas tan segura de Dios, de que prevalecerías, pero nunca pudiste convencerme.

“Te cuidaré”, decías.
“Verás que tengo razón”, murmurabas.

Pero te ibas, mujer. Te me ibas para siempre.”

“A ti, Ari” (2 de 4), de Salvador A. Pérez Rosas.

“A ti, Ari” (1 de 4)

“Lo nuestro fue hermoso, tan lleno de todo y tan mágico que hacíamos nuestros sueños realidad. Creábamos mundos y hacíamos puestas en escena de lo que haríamos juntos, de aquellos a quienes venceríamos y de aquellos a quienes algún día, en un lecho o donde fuere, daríamos vida alguna vez.

Pero un día tuviste que marcharte y pensé que donde estuvieras podía yo amarte. ¿Qué sabía yo lo doloroso que eso sería? Te deseaba toda porque te amaba toda, mujer: me hiciste un hombre y de repente ya no estabas. Y aunque me amabas y me lo demostrabas estando tan lejos, no había forma de tenerte cerca… y eso me hacía pedazos.

No pude más. Estabas en otro lado, sin mí, y no pude más. Tanto te lloré, tanto te extrañé, pero pensaba que era mejor así. Cada uno caminando a su ritmo, a su paso, por sí mismo. Ah, pero caminabas por un camino mucho más corto que el mío y elegiste no decírmelo. Y yo, sin saber de qué se trataba, terminé con lo nuestro.

Pero regresaste. Después de años volviste. Y confesaste que elegiste no compartirme que la vida se te iba. Tu camino, corto como era, al final te guió a mí de nuevo cuando elegiste decirme lo que por tanto tiempo te habías guardado. Esa enfermedad tan invisible te comía por dentro, poco a poco arrebatándote de mi lado.

Te ibas otra vez, pero esta vez te ibas para siempre. Te habías ido para buscar una salida de esa enfermedad que te comía por dentro y regresaste porque no hubo forma. No hubo cómo. No había cómo.

Pero si de algo estabas segura era que querías estar conmigo”.

“A ti, Ari” (1 de 4), de Salvador A. Pérez Rosas.