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“Rima LIII”, de Gustavo Adolfo Becquer

“Volverán las oscuras golondrinas
En tu balcón los nidos a colgar,
Y, otra vez, con el ala a sus cristales
Jugando llamarán.
Pero aquellas que el vuelo refrenaban
Tu hermosura y mi dicha a contemplar,
Aquellas que aprendieron nuestros nombres…
ésas… ¡no volverán!

Volverán las tupidas madreselvas
De tu jardín las tapias a escalar,
Y otra vez a la tarde, aún más hermosas,
sus flores se abrirán;
Pero aquellas cuajadas de rocío
Cuyas gotas mirábamos temblar
Y caer, como lágrimas del día…
ésas… ¡no volverán!

Volverán del amor a tus oídos
Las palabras ardientes a sonar;
Tu corazón de su profundo sueño
tal vez despertará;
Pero mudo y absorto y de rodillas,
Como se adora a Dios ante su altar,
Como yo te he querido… desengáñate;
¡así no te querrán!”

“Rima LIII”, de Gustavo Adolfo Becquer.

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“Sin orgullo y con amor”, de Salvador Alejandro Pérez Rosas

“Pasaron casi seis meses antes de saber de ti nuevamente. Fue tal mi sorpresa que regresé en el tiempo justo hacia ese día en el que nos habíamos dicho adiós.

Esa tarde había sido tremenda. A pesar de haber prometido no guardarnos nada, nos habíamos despedido sin habernos dicho todo. Nos lo reservamos para no herirnos mutuamente, nos lo guardamos  para no herirnos a nosotros mismos. Decidimos sólo decir lo necesario para no seguir y era precisamente en lo que no dijimos que se encontraba la respuesta para seguir juntos. Donde se encontraba aquello que nos hubiera permitido continuar. Nuestra salvación estaba allí.

Pero no la tomamos. Orgulloso yo, temerosa tú, pero necios ambos. Tercos, ingenuos y hasta tontos por no hacer lo que nos decía el corazón. Quería darte las cartas que te había escrito a diario y que había decidido darte en nuestro aniversario pero era justo en ese momento que el futuro se me escurría en un café.

Culpa mía y culpa tuya. Ambos responsables de haber querido y al mismo tiempo no haberlo hecho. Nos dejamos ir.

Pasaron unos días. Pasaron semanas. Seguí escribiéndote a diario. A veces una idea, a veces un poema, a veces sólo una carta. Como si siguiéramos juntos. Como si aún fueras a llamar. Como si aún fuera a leerte y el futuro en el que te entregaba más de 300 cartas aún fuera plausible. Pero tu memoria me hacía pedazos. Cada imagen de tus labios. De tu sonrisa. De tus ojos. De tu cuerpo. De ti.

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No podía más. Dolía seguir escribiendo y fue tanto mi dolor que hasta la poesía decidió abandonarme. No había musa. No había emoción. No había nada que quisera hacerme escribir una sola palabra. Quería seguir escribiéndote siempre feliz, siempre alegre, pero no podía. Cada palabra me arrancaba el alma y, por primera vez, el acto de escribir -que tanto amo- estaba comiéndome por dentro.

Tomé, entonces, las cartas. Las coloqué en una bolsa, la cerré y se la entregué al basurero entre lágrimas. El hombre, tan bueno y con tantos años de conocerle, platicó conmigo una media hora como si fuera mi mejor amigo. “Olvídala”, decía. “Déjala ir”, me animaba. “Me las llevo ya para que no te duela”, terminó.

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Seis meses después volví a saber de ti, con tu memoria, tu recuerdo y tu esencia entrando a mi vida abruptamente y sin avisar. Hoy, inclusive, te escribo porque me corroe la tristeza. Porque todo lo que había querido decirte se fue en esas cartas que no te daré jamás. Justo como ese día en el que nos dejamos ir en el café. Justo como ese día en que nos rendimos y nos dejamos ir.

Si algo recuerdo de las últimas cartas era mi ferviente deseo de que seas feliz hoy y siempre. Que extraño mucho hablar contigo, platicar, ser y existir a tu lado y que así como yo he aprendido a tragarme mi orgullo, que espero que no seas más presa del miedo en tus acciones ni en tus deseos. Que me duele con inconmesurable pena que lo nuestro no haya sido, pero que me da mucha alegría saber que estás bien. Que sonríes. Que vives. Que eres. Que existes.

Ah, pero esta nostalgia es pasajera y esta tristeza también. Escribo hoy lo que siento para no arrepentirme después, guardándolo en otra carta que no vas a leer o estando en una mesa de café, no diciendo lo que debo decir para salvarnos.

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Gracias por darme un poco de luz con tus palabras. Gracias por los hermosos recuerdos que pasamos juntos.

Que tengas una hermosa vida, linda.

Que seas feliz.”

“Sin orgullo y con amor”, de Salvador Alejandro Pérez Rosas, 2015.

 

“Amaba amarte”, de Salvador Alejandro Pérez Rosas.

“De las cosas que hicimos y de todo lo que juntos aprendimos, lo que más me gustaba, lo que más adoraba, era amarte. Amaba amarte toda, amarte a medias, amarte grande y amarte pequeña. Amaba verte sonreír, amaba hacerte reír y amaba borrar de ti cada duda que se te escurria en el corazón.

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Amaba molestarte un poco en broma sólo para que me gruñieras de regreso. Amaba cada momento en el que estabas triste porque podía alegrarte. Cada momento en que te enojabas porque podía calmarte. Cada momento en que dudabas porque podía convencerte. Cada momento en que temías porque podía ser el valor que te hacía falta.

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Amé cuando nos amamos no importando el lugar. En el auto, en la calle, en donde fuera; el amor estaba con nosotros y, si no estaba, lo hacíamos juntos hasta saciarnos.

Y así como amé todo eso, amé también cuando peleamos. Cuando comenzaste a temer tanto que no regresabas, cuando comenzaste a dudar tanto que te volviste injusta, que te volviste cobarde, que te volviste hasta censura.

Amé todo ello porque tanto te amo aún, que amé la oportunidad de dejarte libre y de seguir siendo sin mí. Porque sin mí es como me enamoré de ti… y conmigo es como no quise seguir amándote”.

“Amaba amarte”, de Salvador A. Pérez Rosas, 2015.

“Amor”, de Pablo Neruda

“Mujer, yo hubiera sido tu hijo, por beberte
la leche de los senos como de un manantial,
por mirarte y sentirte a mi lado y tenerte
en la risa de oro y la voz de cristal.
Por sentirte en mis venas como Dios en los ríos
y adorarte en los tristes huesos de polvo y cal,
porque tu ser pasara sin pena al lado mío
y saliera en la estrofa -limpio de todo mal-.

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Cómo sabría amarte, mujer, cómo sabría
amarte, amarte como nadie supo jamás!
Morir y todavía
amarte más.
Y todavía
amarte más
y más.”

“Amor”, de Pablo Neruda

“La Canción del Pueblo” de Los Miserables

“Cuando la dictadura es un hecho, la revolución se convierte en un derecho” – Victor Hugo.

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Canta el pueblo su canción,
nada la puede detener.
Esta es la música del pueblo
y no se deja someter.

Si al latir tu corazón
oyes el eco del tambor
es que el futuro nacerá
cuando salga el sol.

Te unirás a nuestra causa,
ven y lucha junto a mí.
Tras esta barricada
hay un mañana que vivir.
¡Si somos esclavos o libres
depende de ti!

Canta el pueblo su canción,
nada la puede detener.
Esta es la musica del pueblo
y no se deja someter.

Si al latir tu corazón
oyes el eco del tambor
es que el futuro nacerá
cuando salga el sol.

Ven dispuesto a combatir,
hay una lucha que ganar.
Muchos hoy van a morir,
¿estás dispuesto a derramar
tu sangre en las calles de Francia
por la libertad?

Canta el pueblo su canción,
nada la puede detener.
Esta es la musica del pueblo
y no se deja someter

Si al latir tu corazón
oyes el eco del tambor
es que el futuro nacerá
cuando salga el sol.

¡Gracias por elegir Piensología!

“Te piden que olvides…” de Salvador Alejandro Pérez Rosas

“La perdí. Un día, después de tanto luchar, se fue. No hubo mucho que pudiera hacerse, tampoco. La partida era inminente. Se fue.

Lloras, gritas, dueles. Maldices a quien sea mientras dejas de creer en quien cree todo el mundo. Dejas de sentir lo que sienten los demás y te dejas caer en un abismo de dolor que nadie parece poder entender, pero que al principio todos pretenden compartir contigo.

Ellos eventualmente se rinden. Se cansan. No importa quién sea, todos te piden que olvides. Que dejes ir. Que el tiempo lo sana todo. Que esto no se ha terminado. Que lo superes. Que te sientas bien. Que ya sufriste demasiado y que es hora de decir adiós. Que encontrarás a alguien más.

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Pero no es lo mismo. No es como cuando dices adiós sabiendo que estarán mejor en otro lado, siempre teniendo la esperanza de que alguien más te cuente cómo le ha ido. Tampoco puedes ir de visita ni puedes llamarle por teléfono para recordar viejos tiempos, ni siquiera después de esa épica borrachera que te recuerda lo que has perdido. No hay forma de seguirle a donde esté, tampoco, ni la hay de verla más feliz en otro lado o con alguien más.

Esa clase de despedidas duran un poco más. Duran para siempre.

Y no puedes sino preguntarte si esas personas que tanto te dicen que olvides, que dejes ir, han perdido alguna vez a alguien como tú lo has hecho. Si alguna vez han encontrado y perdido a alguien cuyo amor consideran irremplazable. Pero sabes que no es así y que jamás será así; nadie logrará entenderte a menos que hayan caminado en tus zapatos.

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Pero venga, que hay que ser fuerte. Hay que intentarlo y hacerles creer que perder a quien la mayoría busca toda una vida no te ha hecho mella, que así dejas de preocupar a quienes te quieren y dejas de joder a quienes tienes harto. Volver a amar será casi imposible ya que no aceptarás nada menos que el amor que alguna vez diste y has recibido. Mientras tanto, ofrecerás consejo, alivio y cariño a los que sufren por aquellos que no les quieren porque sabes lo que es amar y ser amado, porque sabes lo que es —en realidad— el amor verdadero.

Y no necesitarás pedir ayuda. Nunca. Porque conoces tanto lo que es el dolor que no querrás que nadie más sepa de él de esa manera, ni siquiera si eres tú el que sufre. Así te caigas a pedazos, harás lo imposible para evitarlo.

Porque sabes muy bien lo que es el amor,
y sabes aún más cómo se siente perderlo.”

“Te piden que olvides”, de Salvador Alejandro Pérez Rosas, 2012.

Les Luthiers sin Daniel – Adiós, Neneco…

El día de ayer, Daniel Rabinovich (alias “Neneco”) falleció después de una larga lucha contra un padecimiento cardiaco que lo mantenía alejado del escenario y de sus compañeros, los famosos Les Luthiers.

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Nacido el 18 de noviembre de 1942, Daniel fue un escribano, músico, actor y humorista partícipe del grupo argentino de música y humor Les Luthiers, con quienes compartió casi 50 años en el escenario, haciendo reír no sólo a Argentina (de donde provienen), sino a muchos otros países de habla hispana que apreciaban lo que se comenzó a conocer como “humor inteligente”, muy diferente al humor vulgar de la televisión o de otros medios.

En 2012 sufre un pequeño infarto que lo mantiene fuera de la alineación de Les Luthiers, quedándose en casa con la esperanza de recuperar su salud. Tristemente, la enfermedad venció al corazón de este gran hombre, quien no pudo evitar decirnos adiós.

"La entrevista dibujada" de Liniers es un ejemplo perfecto (y en cómic) de lo que era Les Luthiers,

“La entrevista dibujada” de Liniers es un ejemplo perfecto (y en cómic) de lo que era Les Luthiers. Den clic a la imagen para verla en el tamaño original, que permitirá leer el diálogo entre el artista y el grupo.

No sabemos cómo reaccionar, siendo que Daniel y Les Luthiers formaron parte de la vida de esta editorial durante años, atendiendo a cada concierto y riendo a cada segundo con su talento humorístico, ocurrencias lingüísticas y música ejemplar. Se nos va el alma del dolor, pero nos reconforta saber que no sufres más.

Citamos a Liniers, en la tira anteriormente compartida: cuando nos pregunten “¿qué es el humor?”, contestaremos “ver a Les Luthiers“.

Gracias por leernos, piensólog@s. Lamentamos que la nota no haya sido algo más alegre.

“Cuando te quedaste atrás” de Salvador Alejandro Pérez Rosas

“Cuando te quedaste atrás,
te quedaste con todo lo mío.
Ni amor, paciencia y brío,
no quedaba en mí ya más.

Cuando te quedaste atrás,
elegiste quedar en el pasado.
Elegiste creer no haber amado,
a quien amar siempre habrás.

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Cuando te quedaste atrás,
cortaste imagen, voz y amor.
Y lo que se corta con ardor
No se va del corazón jamás.

Espero que no sufras más,
que no tengas miedo de soñar
y que decidas al fin dejar,
ese día en que quedaste atrás.”

“Cuando te quedaste atrás”, de Salvador Alejandro Pérez Rosas, 2015.

Hiroshima y Nagasaki: recordando la tragedia sobre el pueblo japonés

El 6 de agosto de 1945 cae a la primera bomba atómica -denominada “Little Boy”- y detona a más de seiscientos metros sobre la ciudad de Hiroshima, llevándose a 166,000 vidas con ella. Tres días después, el 9 de agosto, caería “Fat Man” sobre Nagasaki llevándose a unas 80,000 personas, sin contar las secuelas de la radiación y el daño psicológico, material y económico causado sobre el pueblo civil japonés, resultado de los únicos ataques con armas nucleares registrados en la historia del mundo.

La explosión nuclear. Esta foto se dice que es de "Fat Man", la bomba que cayó en Nagasaki

La explosión nuclear. Esta foto se dice que es de “Fat Man”, la bomba que cayó en Nagasaki

Leucemias, envenenamiento por radiación, cáncer y distintos tipos de cáncer habrían sido los efectos secundarios de la explosión. Por si eso fuera poco, Estados Unidos no había enfocado sus ataques al ejército, sino a la población civil de ambos lugares. Los que pagaron las decisiones de Hirohito habría sido su pueblo, quien superaría el daño eventualmente, aunque jamás olvidando lo sufrido.

Seis días después de la detonación sobre Nagasaki, el 15 de agosto, Imperio del Japón anunció su rendición incondicional frente a la “bondad” provista por Estados Unidos y sus Aliados, haciéndose formal el 2 de septiembre con la firma del acta de capitulación. Con la rendición de Japón, concluyó la Segunda Guerra Mundial. El Imperio nipón sería ocupado (hasta el día de hoy) por fuerzas aliadas lideradas por los Estados Unidos —con contribuciones de Australia, la India británica, el Reino Unido y Nueva Zelanda— y adoptó los «Tres principios antinucleares», que le prohibían poseer, fabricar e introducir armamento nuclear.

Sombra dejada por la explosión nuclear en Nagasaki. La radiación era tal que ese tipo de sombras era común conforme se acercaban al origen de la explosión.

Sombra dejada por la explosión nuclear en Nagasaki. La radiación era tal que ese tipo de sombras era común conforme se acercaban al origen de la explosión.

“Recuerda Hiroshima y Nagasaki”, dirían las fábricas y lugares de trabajo después de la guerra. “Recuerda por qué están aquí”, decían algunos residentes que vivían cerca de las bases navales de los ejércitos que les habían vencido. Esa, tristemente, era su motivación: no olvidar lo sufrido. No olvidar lo acontecido. No olvidar lo que les había causado tanto dolor y lo que les había arrebatado a tantos seres queridos. Japón, rendido, no olvidaría nunca lo que la guerra había traído consigo.

El artillero Bob Caron, también fotógrafo del Enola Gay, describía la bomba así:

“Una columna de humo asciende rápidamente. Su centro muestra un terrible color rojo. Todo es pura turbulencia. Es una masa burbujeante gris violácea, con un núcleo rojo. Todo es pura turbulencia. Los incendios se extienden por todas partes como llamas que surgiesen de un enorme lecho de brasas. Comienzo a contar los incendios. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… catorce, quince… es imposible. Son demasiados para poder contarlos. Aquí llega la forma de hongo de la que nos habló el capitán Parsons. Viene hacia aquí. Es como una masa de melaza burbujeante. El hongo se extiende. Puede que tenga mil quinientos o quizá tres mil metros de anchura y unos ochocientos de altura. Crece más y más. Está casi a nuestro nivel y sigue ascendiendo. Es muy negro, pero muestra cierto tinte violáceo muy extraño. La base del hongo se parece a una densa niebla atravesada con un lanzallamas. La ciudad debe estar abajo de todo eso. Las llamas y el humo se están hinchando y se arremolinan alrededor de las estribaciones. Las colinas están desapareciendo bajo el humo. Todo cuanto veo ahora de la ciudad es el muelle principal y lo que parece ser un campo de aviación.”

Registro fotográfico del daño en Hiroshima

Registro fotográfico del daño en Hiroshima

Recordemos Hiroshima y Nagasaki. No permitamos que se olvide la historia: ni los errores de los involucrados ni la crueldad de aquellos que clamaban querer paz consiguiéndola con muerte.

Piensología agradece su lectura.

Castle Combe: un pueblo medieval en el mundo moderno

En lo recóndito de Wiltshire, en Inglaterra, se esconde un pequeño pueblo con apenas 350 habitantes llamado Castle Combe. Siempre en los primeros puestos de listas concernientes a los mejores pueblos de Europa, Castle Combe es famoso no sólo por su belleza, sino por la amabilidad de sus habitantes, la tranquilidad de las calles y la historia que hay detrás de cada uno de sus edificios, incluyendo la famosa Iglesia Medieval, principal aporte turístico del poblado.

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No conforme con ser un lugar pequeño, Castle Combe tiene uno de los hoteles más hermosos de Europa, siendo el Manor House aquél que rivaliza con otros hoteles del estilo, orgullosamente presumiendo cinco estrellas. El equipo de Piensología, encantados con el lugar, ha decidido compartir con ustedes una probadita de lo que es el maravilloso pueblo de Castle Combe, urgiéndoles a visitarlo si les es posible.

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¡Gracias por elegir Piensología!