Literatura

En esta sección encontrarás extractos, poemas, pensamientos, cuentos y frases de personajes célebres y no tan célebres (pero que no dejan de ser admirables).

“Me desordeno, amor, me desordeno”, de Carilda Oliver

“Me desordeno, amor, me desordeno
cuando voy en tu boca, demorada;
y casi sin por qué, casi por nada,
te toco con la punta de mi seno.

Te toco con la punta de mi seno
y con mi soledad desamparada;
y acaso sin estar enamorada
me desordeno, amor, me desordeno.

Y mi suerte de fruta respetada
arde en tu mano lúbrica y turbada
como una mala promesa de veneno;

y aunque quiero besarte arrodillada,
cuando voy en tu boca, demorada,
me desordeno, amor, me desordeno.”

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Carilda Oliver, 1924.

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“Sobre la negación fetichista”, de Slavoj Žižek

“Este olvido tiene un gesto de aquello que es llamado negación fetichista: ‘Sé de qué trata, pero no quiero saber que lo sé, así que no lo sé’. Lo sé, pero me rehúso a asumir completamente las consecuencias de este conocimiento, tan sólo para poder continuar actuando como si no lo conociese”.

Esto lo explica Slavoj Žižek en “Violence”, donde el autor ahonda en la psicomecánica detrás del olvido de actos malignos que sabemos que ocurren alrededor del mundo (como tortura, engaño, abuso y demás) pero que elegimos “olvidar” para seguir adelante.

¿Es acaso cierto que costaría trabajo seguir con nuestras vidas si siempre consideráramos relevante el sufrimiento ajeno, el dolor de otros, el engaño a seres amados? ¿Será esa la razón por la cual estamos activamente deseando alimentar nuestro ego por medio de atenciones falsas en un entorno repleto de hipócritas?

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Salvador Pérez y Elena Giacobitta, 2018.

¿”Influenciar” o “influir”?

Es interesante añadir que cuando se añadió este galicismo, muy allá por el siglo XIX, se armó una pelotera entre la RAE y María Moliner, conocidos antagonistas pero ambos próceres y defensores de la lengua española.

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La RAE cree que “influir” e “influenciar” son verbos sinónimos, pero que la primera se usa intransitivamente y la segunda, por ende, transitivamente — es decir, que el primero “influye” y el segundo “puede influenciar”, según las venas de la lingüística.

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María Moliner, por otro lado, decía que ese galicismo era un “solecismo injustificable usado especialmente en Hispanoamérica” y que “no añade nada y suena mal”, criticando a la RAE por guiar en su definición a la palabra “influir”, sobre todo si venían de la misma raíz.

Saquen pues, piensólog@s, sus conclusiones.

“Del amor en el sexo”, de Roberto Carlos Cisneros Patlán

“En el amanecer, despertando al alba llenos del amor hecho anoche, te abrazo. Te busco con mi boca, te encuentro por tu olor a nosotros. Siento que estamos hechos el uno para el otro, tus pechos dulcísimos y suaves me convencen de ello; tus manos pequeñas guían a las mías hacia tu cuerpo. Toco tu cuerpo, lo acaricio desde tu espalda hasta tus piernas, desde tu rostro hasta tus recuerdos. Beso tu cuello, amaino tu cabello, la punta de mi lengua recorre el corto camino hasta tu oreja, la bebo, la delineo. Suspiras. Se te eriza la piel. Te yergues hacia mí. Te recorren mis manos —¡qué bello tocar tu vientre!—, te tomo mía.

Un rescoldo arde entre tus piernas. Te amo —sueltas. Entre las sábanas se conflagra el fuego que somos. Recuerdo a Cortázar, ¿hacemos el amor o él nos hace a nosotros? No importa, estoy en ti, nos queremos literalmente, nos hacemos y perpetuamos en cada intromisión mía en tus órganos húmedos, no hay más. Se dilatan tus pupilas mientras aprietas las manos como si empuñaras tu vida o la mía, como si te aferraras a vivir y a seguir sintiendo lo de ahora, a mantenerme dentro de ti interminablemente. Llega el éxtasis, lo siento porque no puedes más y sueltas un gemido desinhibido, anormal, sincero.

Mi corazón late rápido, muy rápido. Has quedado inerme, sólo respiras y sientes. Te amo —dices sin mirarme. Es cierto que nos amamos, pero esto es otro nivel, es la carne llanamente; es el placer satisfecho con dos cuerpos al fin cansados, sudorosos, llevados al límite, saciados por este instante. Podría tenerte sin amarte, ciertamente. Es entonces cuando entra el amor como protagonista, el amor después de hacer el amor. Te recuestas sobre mi pecho fulminado; acaricio tu cabello húmedo, tu espalda fría. Me quedo quieto, pensando, sólo pensando. Te amo.”

“Del amor en el sexo”, de Roberto Carlos Cisneros Patlán (@rcarlospatlan).

 

“Mujer”, de Salvador A. Pérez Rosas

“Te llevaste todo ese día, mujer.
Tanto te amé, tanto me dueles,
tanto de ti y que ahora no eres.
El amor murió contigo, mujer.
 
Y digo que amaré como ayer,
que besaré con amor sincero.
Pero a nadie como a ti quiero;
el amor murió contigo, mujer.
 
Muera entonces el amor,
muera pues la pasión mía.
Sólo querer con el alma fría;
el amor murió contigo, mujer”
 
“Mujer”, de Salvador A. Pérez Rosas, 2011.

Miré los muros de la patria mía…

“Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.

Salíme al campo; vi que el sol bebía
los arroyos del yelo desatados,
y del monte quejosos los ganados,
que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi casa; vi que, amancillada,
de anciana habitación era despojos;
mi báculo, más corvo y menos fuerte.

Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.”

Francisco de Quevedo.

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Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba…

“Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como en tu rostro y en tus acciones vía
que con palabras no te persuadía,
que el corazón me vieses deseaba.

Y Amor, que mis intentos ayudaba,
venció lo que imposible parecía,
pues entre el llanto que el dolor vertía,
el corazón deshecho destilaba.

Baste ya de rigores, mi bien, baste,
no te atormenten más celos tiranos,
ni el vil recelo tu quietud contraste

con sombras necias, con indicios vanos,
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos.”

Sor Juana Inés de la Cruz.

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Cuando lloran las palabras…

“Hoy mis pensamientos se llenan de tristeza,
con mis letras formando ideas macabras.
Mente y alma confabulan con presteza,
y pues hoy es cuando lloran las palabras.

Mis palabras lloran dolidas por tres damas,
una amante, una amiga y un fantasma.
Una que fue mucho, otra que fue tanto,
otra que mi poesía justicia no plasma.

Lloran mis palabras por la mujer que se va,
aquella dama que dos veces se aleja.
Por rencor, dolor y miedo se irá,
y así a quien la amó abandonado deja.

Lloran mis palabras por la mujer amiga,
que sin temor ni culpa alas espera.
Vida y alma en pedazos desperdiga,
el acto inhumano de quien amor prohibiera.

Lloran mis palabras por la mujer que no está,
aquella que años atrás se ha marchado.
Mi mente a mí mismo otra vez culpará,
queriendo verla una vez más a mi lado.

Hoy mis pensamientos se llenan de dolor,
con cada letra en sangre de corazón herido.
¡Lloro, entonces, por todo y por amor!
¡Lloro, pues, por las tres que se han ido!”

“Cuando lloran las palabras”, de Salvador A. Pérez Rosas, 2016.

“No siento nada, mujer” de Salvador A. Pérez Rosas

“Te lo llevaste todo, mujer.
Cuando te fuiste, nada dejaste.
Te llevaste mi amor, mi pasión,
hasta mis palabras, mujer.

En meses no he escrito nada, mujer.
Nada desde que te marchaste.
Solo estoy, sin corazón,
sin mis palabras, mujer.

Qué cruel resultaste, mujer.
Dejando a un poeta tirado al traste.
Perdiendo de a poco la razón,
sin palabra alguna, mujer.

Pero hoy brilla el sol, mujer.
días después de que te marchaste.
Al fin, del futuro una visión,
y regresan mis palabras, mujer.

Hoy no siento nada, mujer.
Dice adiós el hombre que abandonaste.
Hacia el futuro, con decisión.
Sin más palabras para ti, mujer.”

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“Las dos linternas”, de Ramón de Campoamor

I

De Diógenes compré un día
la linterna a un mercader;
distan la suya y la mía
cuanto hay de ser a no ser.
Blanca la mía parece;
la suya parece negra;
la de él todo lo entristece;
la mía todo lo alegra.
Y es que en el mundo traidor
nada hay verdad ni mentira;
todo es según el color
del cristal con que se mira.

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II

– Con mi linterna – él decía-
no hallo un hombre entre los seres-.
¡Y yo que hallo con la mía
hombres hasta en las mujeres!
él llamó, siempre implacable,
fe y virtud teniendo en poco,
a Alejandro, un miserable,
y al gran Sócrates, un loco.
Y yo ¡crédulo! entretanto,
cuando mi linterna empleo,
miro aquí, y encuentro un santo,
miro allá, y un mártir veo.
¡Sí! mientras la multitud
sacrifica con paciencia
la dicha por la virtud
y por la fe la existencia,
para él virtud fue simpleza,
el más puro amor escoria,
vana ilusión la grandeza,
y una necedad la gloria.
¡Diógenes! Mientras tu celo
sólo encuentra sin fortuna,
en Esparta algún chicuelo
y hombres en parte ninguna,
yo te juro por mi nombre
que, con sufrir al nacer,
es un héroe cualquier hombre,
y un ángel toda mujer.

Cristal con que se mira

III

Como al revés contemplamos
yo y él las obras de Dios,
Diógenes o yo engañamos.
¿Cuál mentirá de los dos?
¿Quién es en pintar más fiel
las obras que Dios creó?
El cinismo dirá que él;
la virtud dirá que yo.

Y es que en el mundo traidor
nada hay verdad ni mentira:
todo es según el color
del cristal con que se mira.

“Las dos linternas”, de Ramón de Campoamor.