Literatura

En esta sección encontrarás extractos, poemas, pensamientos, cuentos y frases de personajes célebres y no tan célebres (pero que no dejan de ser admirables).

Fragmento de “Minotauromaquia”, de Tita Valencia

Había sido un amor frugal, un canto llano, un recto tono aventurándose sin llama por la penumbra de su propia veta melodiosa. Arcos volados. Ternu­ra sin sustento. Persistencia que rebasa los claustros de la fe y, en el vasto ábside nocturno, el desolado trazo de una órbita que insiste en prolongarse habiendo perdido a su estrella.

* * *

Amor, tu pecado fue no sostenerme.

Tú sabes que esperé día tras día; año tras año. Pero nada en ti me sostenía. Y sin embargo, aguardé hasta aquella noche extrema de los besos en el bos­que de Zapotlán: drogados, añejos, robados a otra vida igualmente amarga. Exprimidos al ámbar de uvas incomprensibles. Crucificados allí mismo con agujas de pino. Meteoros que se enfrían en la tierra resentida: el fracaso de un doble renacimiento.

Más forjado por la ira que por la ternura, me decías que el crimen se justifica porque viene a modificar lo inhabitable. La muerte, sí…

Pero infligir el amor, ¿cómo lo justificas? ¿Acaso te pensaste menos culpable del amor que del crimen, porque al fin y al cabo la muerte es cesación bien­hechora, y el amor, en cambio, infierno, purgatorio, paraíso simultáneos que prosiguen, prosiguen, prosiguen…?

Una mujer no puede soportar sola la carga de un beso.

* * *

En la noche no hay sol, pero hay mañana. Esa noche, sin embargo, tus ma­nos temblorosas me ofrecieron la hostia de un sol negro que pudo no solo modificar lo inhabitable, sino absolvernos para siempre de mañanas.

Indeciso oficiante de tinieblas: nunca lloraré bastante el no haber recibido de ti aquella iniciación.

* * *

El reflejo condicionado por una larga historia de ultrajes me impidió dis­tinguir entonces entre el crimen que da muerte y el crimen que da vida. No supe escuchar la trompeta de la resurrección acompañándome desde la Ca­tedral hasta el ámbar ebrio de tu biblioteca, y desde allí al pequeño cuarto verde de baldosas heladas en las que me tendió tu ira.

Por segunda vez quise salvarme superándote en el daño que me hacías. Y escribí lo que ya conoces: “En algo se es superior a la vida. Porque vienen de fuera, sus despojos son poca cosa. Nosotros podemos ser más extremos partiendo de centros vulnerables. Solo nosotros podemos llevar a su última instancia el lujo del desposeimiento, del saqueo, del escamoteo y la rapiña en carne y alma propias.”

* * *

Y luego, poseída una y otra vez por aquel reiterado sueño de Zapotlán en que a los campos sesgados en parches de fuego ocre y verde se mezclaban súplicas angustiosas, miedo, el deseo de huir, cielos lacustres, el “quiero no existir por tal de que existas tú” garabateado en la intimidad de una caja de cerillos, ternura, paz en la ceremonia de la mesa, eternidad al cruzar la plaza con las manos juntas:

“También la víctima vuelve al lugar del crimen.”

Di, ¿qué estadista eunuco, qué obtuso profeta desde hace cuántos siglos som­bra ya, enunció la peregrina sentencia de que quien comete el crimen es un verdugo? En verdad no es sino el instrumento de una víctima triunfante.

* * *

Más adelante, cuando acompañando aquel poema de Aquiles y la tortuga, me pedías perdón:

“Para perdonarte necesito cargar tu cuenta a la mía. Para perdonar al próji­mo necesito reconocer que carece de los fondos que a mí me sobran, asumir sus deudas y constituirme en aval único de sus desfalcos.”

Ahora soy más fuerte que nunca porque estoy muerta. Contigo caí en la trampa alevosa de creer que a un don total de sí corresponde un don equi­valente. Por ese paso en falso, por esa fractura se me precipitó todo el vacío cósmico, toda la náusea, toda la incomprensión de cuanto me rodeaba, la incoherencia de lazos entre ser y ser, la huida pavorosa y centrífuga de pun­tos que habían sido coincidentes.

Más aún, cuando llegamos al crimen trunco que no por ello dejó de modifi­car lo inhabitable, supe que darlo por cometido era ya la única forma posible de supervivencia. Y seguir muerta.

De esa muerte me hice un bloqueo inexpugnable. Hoy esa muerte –la renun­cia al pan, al aire, al fuego, al horror, a la esperanza, a la música, a la caridad, al sueño y a la correspondencia–, me permite dar. Incluso darte a ti, por qué no, a manos llenas y en libertad, desde el otro lado de la vida.

Pero si ahora aceptara de ti no más que un mendrugo, resucitaría. Revivi­rían en mí el hambre y las exigencias. Y estaríamos en el umbral de una nue­va estación en el infierno.”

——

Fragmento de “Minotauromaquia” de Tita Valencia. Su obra ganó el premio Xavier Villaurrutia en 1976 y escandalizó al mundo literario mexicano de la época, el cual volcó su indignación sobre la autora.

tita valencia - Iberlibro

Sobre las malas palabras…

“Obviamente no sé quién define a las palabras como malas palabras, tal vez sean como esos villanos de viejas películas, que en un principio eran buenos, pero la sociedad los hizo malos”. – Roberto “El Negro” Fontanarrosa en el III Congreso de la Lengua Española, 2004.

Diez años sin el Negro Fontanarrosa (qué lo parió) - Infobae

¿Son acaso tan malas “las malas palabras”?

Ese es un tema que ha sido discutido, pensado, confirmado y reinvestigado muchas veces. Una conclusión de corte común dice que a menos que haya un asunto que cause coprolalia constante (como en algunos casos de Tourettes u otros trastornos), el uso de groserías o blasfemias -como jocosamente le llaman algunos- en el uso normal del lenguaje incrementa la efectividad del mensaje y le hace más persuasivo, sobre todo cuando tiene un significado evidente que busca motivar, aclarar o puntuar un suceso importante.

Ergo, aunque comúnmente se use en círculos que muchas personas de mente más conservadora (por no decir mojigata) considera deleznables o dignos de gente con poco o pobre vocabulario, resulta que el uso de las mismas se ha probado estandarte de muchísimos genios literarios, artísticos, musicales y otros aplicables a lo largo de la Historia.

Aurelio Meza, escritor mexicano, menciona cómo autores de talla trajeron versiones de un lenguaje a sus lectores que otrora hubieran sido impensables, haciendo mención al lunfardo por Borges y Arlt, al inglés de los negros por Dickens, Faulkner y Toni Morrison (este de ascendencia negra) y el chilango por Pacheco y José Agustín. También debería añadirse a Tito Maccio Plauto, José Saramago, Charles Bukowski, Víctor Hugo, Lope de Vega, Honoré de Balzac​, François Rabelais y hasta el mismísimo Molière, quienes recurrieron a formas del lenguaje que muchos en su época consideraban soez, vulgar e inaceptable.

El artículo tiene una cita al final del gran Roberto “El Negro” Fontanarrosa, la cual dijera en aquella mesa de discusión hace años en el III Congreso de la Lengua Española (por ahí del 2003 o 2004 y que tuve la suerte de ver al momento), pero de esa mesa me permito citar otra parte que me ha gustado más: «A veces nos preocupamos porque los jóvenes usan malas palabras. A mí eso no me preocupa (que mi hijo las diga). Lo que me preocuparía es que no tengan una capacidad de transmisión y de expresión, de “grafismo” al hablar. Como esos chicos que dicen: “Había un coso, que tenía un coso y acá le salía un coso más largo”. Y uno dice: “¡Qué cosa!”».

Y luego cierra: «Porque no es lo mismo decir “pelotudo” que “tonto”» y yo confirmo, a mi modo, que no es lo mismo decir “menso” que “pendejo”.

Cierro texto y quedo atento a las órdenes de la editorial de Piensología y también agradecido a quien me lea. Que sigan con salud y con bien.

Afectuosamente,

Salvador Alejandro.

“Me desordeno, amor, me desordeno”, de Carilda Oliver

“Me desordeno, amor, me desordeno
cuando voy en tu boca, demorada;
y casi sin por qué, casi por nada,
te toco con la punta de mi seno.

Te toco con la punta de mi seno
y con mi soledad desamparada;
y acaso sin estar enamorada
me desordeno, amor, me desordeno.

Y mi suerte de fruta respetada
arde en tu mano lúbrica y turbada
como una mala promesa de veneno;

y aunque quiero besarte arrodillada,
cuando voy en tu boca, demorada,
me desordeno, amor, me desordeno.”

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Carilda Oliver, 1924.

“Sobre la negación fetichista”, de Slavoj Žižek

“Este olvido tiene un gesto de aquello que es llamado negación fetichista: ‘Sé de qué trata, pero no quiero saber que lo sé, así que no lo sé’. Lo sé, pero me rehúso a asumir completamente las consecuencias de este conocimiento, tan sólo para poder continuar actuando como si no lo conociese”.

Esto lo explica Slavoj Žižek en “Violence”, donde el autor ahonda en la psicomecánica detrás del olvido de actos malignos que sabemos que ocurren alrededor del mundo (como tortura, engaño, abuso y demás) pero que elegimos “olvidar” para seguir adelante.

¿Es acaso cierto que costaría trabajo seguir con nuestras vidas si siempre consideráramos relevante el sufrimiento ajeno, el dolor de otros, el engaño a seres amados? ¿Será esa la razón por la cual estamos activamente deseando alimentar nuestro ego por medio de atenciones falsas en un entorno repleto de hipócritas?

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Salvador Pérez y Elena Giacobitta, 2018.

¿”Influenciar” o “influir”?

Es interesante añadir que cuando se añadió este galicismo, muy allá por el siglo XIX, se armó una pelotera entre la RAE y María Moliner, conocidos antagonistas pero ambos próceres y defensores de la lengua española.

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La RAE cree que “influir” e “influenciar” son verbos sinónimos, pero que la primera se usa intransitivamente y la segunda, por ende, transitivamente — es decir, que el primero “influye” y el segundo “puede influenciar”, según las venas de la lingüística.

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María Moliner, por otro lado, decía que ese galicismo era un “solecismo injustificable usado especialmente en Hispanoamérica” y que “no añade nada y suena mal”, criticando a la RAE por guiar en su definición a la palabra “influir”, sobre todo si venían de la misma raíz.

Saquen pues, piensólog@s, sus conclusiones.

“Mujer”, de Salvador A. Pérez Rosas

“Te llevaste todo ese día, mujer.
Tanto te amé, tanto me dueles,
tanto de ti y que ahora no eres.
El amor murió contigo, mujer.
 
Y digo que amaré como ayer,
que besaré con amor sincero.
Pero a nadie como a ti quiero;
el amor murió contigo, mujer.
 
Muera entonces el amor,
muera pues la pasión mía.
Sólo querer con el alma fría;
el amor murió contigo, mujer”
 
“Mujer”, de Salvador A. Pérez Rosas, 2011.

Miré los muros de la patria mía…

“Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.

Salíme al campo; vi que el sol bebía
los arroyos del yelo desatados,
y del monte quejosos los ganados,
que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi casa; vi que, amancillada,
de anciana habitación era despojos;
mi báculo, más corvo y menos fuerte.

Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.”

Francisco de Quevedo.

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Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba…

“Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como en tu rostro y en tus acciones vía
que con palabras no te persuadía,
que el corazón me vieses deseaba.

Y Amor, que mis intentos ayudaba,
venció lo que imposible parecía,
pues entre el llanto que el dolor vertía,
el corazón deshecho destilaba.

Baste ya de rigores, mi bien, baste,
no te atormenten más celos tiranos,
ni el vil recelo tu quietud contraste

con sombras necias, con indicios vanos,
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos.”

Sor Juana Inés de la Cruz.

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Cuando lloran las palabras…

“Hoy mis pensamientos se llenan de tristeza,
con mis letras formando ideas macabras.
Mente y alma confabulan con presteza,
y pues hoy es cuando lloran las palabras.

Mis palabras lloran dolidas por tres damas,
una amante, una amiga y un fantasma.
Una que fue mucho, otra que fue tanto,
otra que mi poesía justicia no plasma.

Lloran mis palabras por la mujer que se va,
aquella dama que dos veces se aleja.
Por rencor, dolor y miedo se irá,
y así a quien la amó abandonado deja.

Lloran mis palabras por la mujer amiga,
que sin temor ni culpa alas espera.
Vida y alma en pedazos desperdiga,
el acto inhumano de quien amor prohibiera.

Lloran mis palabras por la mujer que no está,
aquella que años atrás se ha marchado.
Mi mente a mí mismo otra vez culpará,
queriendo verla una vez más a mi lado.

Hoy mis pensamientos se llenan de dolor,
con cada letra en sangre de corazón herido.
¡Lloro, entonces, por todo y por amor!
¡Lloro, pues, por las tres que se han ido!”

“Cuando lloran las palabras”, de Salvador A. Pérez Rosas, 2016.