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Cuando lloran las palabras…

“Hoy mis pensamientos se llenan de tristeza,
con mis letras formando ideas macabras.
Mente y alma confabulan con presteza,
y pues hoy es cuando lloran las palabras.

Mis palabras lloran dolidas por tres damas,
una amante, una amiga y un fantasma.
Una que fue mucho, otra que fue tanto,
otra que mi poesía justicia no plasma.

Lloran mis palabras por la mujer que se va,
aquella dama que dos veces se aleja.
Por rencor, dolor y miedo se irá,
y así a quien la amó abandonado deja.

Lloran mis palabras por la mujer amiga,
que sin temor ni culpa alas espera.
Vida y alma en pedazos desperdiga,
el acto inhumano de quien amor prohibiera.

Lloran mis palabras por la mujer que no está,
aquella que años atrás se ha marchado.
Mi mente a mí mismo otra vez culpará,
queriendo verla una vez más a mi lado.

Hoy mis pensamientos se llenan de dolor,
con cada letra en sangre de corazón herido.
¡Lloro, entonces, por todo y por amor!
¡Lloro, pues, por las tres que se han ido!”

“Cuando lloran las palabras”, de Salvador A. Pérez Rosas, 2016.

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La respuesta de Baudelaire

 

Hacía unos años, Charles Pierre Baudelaire (1821-1867) decía en la corte:

“Todos los imbéciles de la burguesía que pronuncian las palabras inmoralidad, moralidad en el arte y demás tonterías me recuerdan a Louise Villedieu, una puta de a cinco francos, que una vez me acompañó al Louvre donde ella nunca había estado y empezó a sonrojarse y a taparse la cara. Tirándome a cada momento de la manga, me preguntaba ante las estatuas y cuadros inmortales cómo podían exhibirse públicamente semejantes indecencias”.

Esto lo hacía respondiendo ante las acusaciones que se le hacían por su obra “Las Flores del Mal”, cuyos poemas eran considerados “ofensas a la moral pública y las buenas costumbres”.

¿Qué opinan ustedes, piensólog@s?

Gracias por elegir Piensología.

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“No siento nada, mujer” de Salvador A. Pérez Rosas

“Te lo llevaste todo, mujer.
Cuando te fuiste, nada dejaste.
Te llevaste mi amor, mi pasión,
hasta mis palabras, mujer.

En meses no he escrito nada, mujer.
Nada desde que te marchaste.
Solo estoy, sin corazón,
sin mis palabras, mujer.

Qué cruel resultaste, mujer.
Dejando a un poeta tirado al traste.
Perdiendo de a poco la razón,
sin palabra alguna, mujer.

Pero hoy brilla el sol, mujer.
días después de que te marchaste.
Al fin, del futuro una visión,
y regresan mis palabras, mujer.

Hoy no siento nada, mujer.
Dice adiós el hombre que abandonaste.
Hacia el futuro, con decisión.
Sin más palabras para ti, mujer.”

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“Las dos linternas”, de Ramón de Campoamor

I

De Diógenes compré un día
la linterna a un mercader;
distan la suya y la mía
cuanto hay de ser a no ser.
Blanca la mía parece;
la suya parece negra;
la de él todo lo entristece;
la mía todo lo alegra.
Y es que en el mundo traidor
nada hay verdad ni mentira;
todo es según el color
del cristal con que se mira.

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II

– Con mi linterna – él decía-
no hallo un hombre entre los seres-.
¡Y yo que hallo con la mía
hombres hasta en las mujeres!
él llamó, siempre implacable,
fe y virtud teniendo en poco,
a Alejandro, un miserable,
y al gran Sócrates, un loco.
Y yo ¡crédulo! entretanto,
cuando mi linterna empleo,
miro aquí, y encuentro un santo,
miro allá, y un mártir veo.
¡Sí! mientras la multitud
sacrifica con paciencia
la dicha por la virtud
y por la fe la existencia,
para él virtud fue simpleza,
el más puro amor escoria,
vana ilusión la grandeza,
y una necedad la gloria.
¡Diógenes! Mientras tu celo
sólo encuentra sin fortuna,
en Esparta algún chicuelo
y hombres en parte ninguna,
yo te juro por mi nombre
que, con sufrir al nacer,
es un héroe cualquier hombre,
y un ángel toda mujer.

Cristal con que se mira

III

Como al revés contemplamos
yo y él las obras de Dios,
Diógenes o yo engañamos.
¿Cuál mentirá de los dos?
¿Quién es en pintar más fiel
las obras que Dios creó?
El cinismo dirá que él;
la virtud dirá que yo.

Y es que en el mundo traidor
nada hay verdad ni mentira:
todo es según el color
del cristal con que se mira.

“Las dos linternas”, de Ramón de Campoamor.

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Piensología Musical: Robert Palmer

En 1949, en el condado de Batley en Yorkshire, nacía un 19 de enero el legendario Robert Allen Palmer, quien sería bendecido con una voz increíblemente dotada para los tonos del soul, el jazz y del blues, en los cuales hizo sus pininos durante la década de los 70. Maestro de la voz, haría también coqueteos con el género pop (el cual empezaría a tomar fuerza apenas empezados los 80’s) y hasta con el reggae, estilo musical que sólo parecía manejarse por un puñado de músicos de la época — y entre los cuales Palmer supo destacar.

Al tiempo en que su nombre se hacía más popular en el mundo de la música, era notable la inventiva y la carencia de miedo en Palmer con respecto a incursionar y cambiar de género en una misma noche. Así como podía hacer una balada estilo reggae en un concierto, podía también terminar con un tono pop o blues y aún así hacer aplaudir al público, quien se mantendría fiel a su música durante los más de 30 años de carrera que llevaría a sus espaldas. Dicho apoyo le llevaría a escenarios legendarios como el de David Letterman, quien le tuviera en su show de variedad en 1989, acompañado de Buddy Guy y James Cotton.

Palmer, con su don de reinvención, habría de mantener el éxito en alto durante los 80’s y 90’s, aprovechando el empuje de su legendaria “Simply Irresistible”, logrando contratos con Pepsi y espacios envidiados como los de los anunciantes del Super Tazón.

El empuje de sus éxitos previos le permitió sobrevivir en los 90’s y entrar al siglo XXI con su último álbum de estudio, “Drive”, cuyo ritmo de blues le mereció un lugar legendario en los anales de la historia del género. Uno de los títulos de dicho álbum, “Mama, Talk To Your Daughter”, sería recordado por grandes amantes del blues como una de las mejores versiones de la canción jamás escuchada.

Tristemente, sería poco después de ese álbum, en septiembre de 2003, que Robert dejaría el mundo terrenal para volverse una leyenda musical, cuyo legado compartimos hoy en Piensología y que esperamos sea de su agrado.

¡Gracias por elegir Piensología!

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“Cuore”, de Roberto Carlos Cisneros Patlán

“Anocheció y el frío de la ciudad
se sumó a sus grandes ojos marrón
que brillando me brindaron caridad
y más tarde destrozaron mi corazón.

¡Cómo duele el corazón destrozado!
Es como sentir que llora y gime
con cada latido como fuego atizado,
sin que ningún consuelo lo anime.

No, de ningún modo la he perdido,
no es que no me resigne a su rechazo,
ni tampoco he de luchar contra el destino
pero ¿cómo perder lo que no se ha tenido?

Serán para ella éstos versos los primeros,
son también con los que mi ilusión derribo,
son humildes, penosos y sinceros
aunque son los últimos que yo le escribo.”

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“Cuore”, de Roberto Carlos Cisneros Patlán.

¡Gracias, nuevamente, por leer en Piensología!

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“Romance de la luna”, de Federico García Lorca

“La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira mira.
El niño la está mirando.

En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.

Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.

Niño déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.

Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño déjame, no pises,
mi blancor almidonado.

El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.

Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.

¡Cómo canta la zumaya,
ay como canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con el niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
el aire la está velando.”

1446873001866“Romance de la luna”, de Federico García Lorca.

¡Gracias por elegir Piensología!

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“Hoy te amo menos”, de Salvador Alejandro Pérez Rosas

“Te prometí una vida llena de amor,
ser fiel siempre a tu figura.
Te prometí calor en días de frío,
para evitar el dolor que te censura.

Quise ser esposo, hombre, el ser amado,
quien en tu lecho durmiera a tu lado.
Pero llegó de nuevo el enemigo mismo:
entre nosotros, de nuevo, el abismo.

Pudimos ser vida, alegría y perpetuidad.
Pudimos ser uno por toda la eternidad.
Pero no somos nada ni seremos jamás.
Hoy te amo menos y mañana, no más.”

“Hoy te amo menos”, de Salvador Alejandro Pérez Rosas

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“Antes y después”, de Roberto Carlos Cisneros Patlán

“La conocí poco antes de agosto
en un momento mío de soledad,
me enamoré como loco de su rostro
que después no me tendría piedad.

Sus manos me gustaron como sus ojos
aunque mi delirio fue su libertad,
siendo yo cautivo de mis arrojos
jamás quise coartar su voluntad.

En noches de alcohol desmesurado
el llanto a raudales me brotaba,
mi amor eterno le habría jurado
mientras ella con desprecio me mataba.

Acabé por sus palabras azotado,
ella ocultaba su verdadero ser:
párvula parecía en el pasado,
despiadada terminó por parecer.

La quise, a pesar de ser ella
la causa de mi terrible padecer,
en noches de una sola estrella
le recuerdo y comienzo a entristecer,
comencé por querer a una doncella
y ella misma se hizo aborrecer.”

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“Antes y después”, de Roberto Carlos Cisneros Patlán.
Fotografía por Evelina Pentcheva.

¡Gracias por elegir Piensología!

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“Tu vientre”, de Salvador Alejandro Pérez Rosas

“Tu vientre es la muerte, mujer.
Lo digo porque vive en mi memoria,
en mis manos, en mi piel.
y yo me desvivo amándote, mujer.

Muerto en vida,
intentando vivir sin ti,
pero me muero por tenerte,
y tener tu vientre frente a mí.

Desvanecerme en él,
y amarle hasta morir.
Hacerle la vida, hacerle el amor,
conseguir la perpetuidad.

Porque tu vientre es la vida, mujer.
y la muerte de mi ser, también.
Con amor haremos vida en él,
para que sigamos en el mundo
aunque ya no estemos en él.

Con la vida que con pasión hagamos,
aquella que el amor habrá de hacer.
Y quien viva por nosotros sabrá,
que te amé y te amo tanto, mujer.
Que tan te amé desde antes que fueras madre
y que tan me amaste que en padre me convertí.

Porque tu vientre es la vida, mujer.”

 

“Tu vientre”, de Salvador Alejandro Pérez Rosas