Fragmento de “Minotauromaquia”, de Tita Valencia

Había sido un amor frugal, un canto llano, un recto tono aventurándose sin llama por la penumbra de su propia veta melodiosa. Arcos volados. Ternu­ra sin sustento. Persistencia que rebasa los claustros de la fe y, en el vasto ábside nocturno, el desolado trazo de una órbita que insiste en prolongarse habiendo perdido a su estrella.

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Amor, tu pecado fue no sostenerme.

Tú sabes que esperé día tras día; año tras año. Pero nada en ti me sostenía. Y sin embargo, aguardé hasta aquella noche extrema de los besos en el bos­que de Zapotlán: drogados, añejos, robados a otra vida igualmente amarga. Exprimidos al ámbar de uvas incomprensibles. Crucificados allí mismo con agujas de pino. Meteoros que se enfrían en la tierra resentida: el fracaso de un doble renacimiento.

Más forjado por la ira que por la ternura, me decías que el crimen se justifica porque viene a modificar lo inhabitable. La muerte, sí…

Pero infligir el amor, ¿cómo lo justificas? ¿Acaso te pensaste menos culpable del amor que del crimen, porque al fin y al cabo la muerte es cesación bien­hechora, y el amor, en cambio, infierno, purgatorio, paraíso simultáneos que prosiguen, prosiguen, prosiguen…?

Una mujer no puede soportar sola la carga de un beso.

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En la noche no hay sol, pero hay mañana. Esa noche, sin embargo, tus ma­nos temblorosas me ofrecieron la hostia de un sol negro que pudo no solo modificar lo inhabitable, sino absolvernos para siempre de mañanas.

Indeciso oficiante de tinieblas: nunca lloraré bastante el no haber recibido de ti aquella iniciación.

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El reflejo condicionado por una larga historia de ultrajes me impidió dis­tinguir entonces entre el crimen que da muerte y el crimen que da vida. No supe escuchar la trompeta de la resurrección acompañándome desde la Ca­tedral hasta el ámbar ebrio de tu biblioteca, y desde allí al pequeño cuarto verde de baldosas heladas en las que me tendió tu ira.

Por segunda vez quise salvarme superándote en el daño que me hacías. Y escribí lo que ya conoces: “En algo se es superior a la vida. Porque vienen de fuera, sus despojos son poca cosa. Nosotros podemos ser más extremos partiendo de centros vulnerables. Solo nosotros podemos llevar a su última instancia el lujo del desposeimiento, del saqueo, del escamoteo y la rapiña en carne y alma propias.”

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Y luego, poseída una y otra vez por aquel reiterado sueño de Zapotlán en que a los campos sesgados en parches de fuego ocre y verde se mezclaban súplicas angustiosas, miedo, el deseo de huir, cielos lacustres, el “quiero no existir por tal de que existas tú” garabateado en la intimidad de una caja de cerillos, ternura, paz en la ceremonia de la mesa, eternidad al cruzar la plaza con las manos juntas:

“También la víctima vuelve al lugar del crimen.”

Di, ¿qué estadista eunuco, qué obtuso profeta desde hace cuántos siglos som­bra ya, enunció la peregrina sentencia de que quien comete el crimen es un verdugo? En verdad no es sino el instrumento de una víctima triunfante.

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Más adelante, cuando acompañando aquel poema de Aquiles y la tortuga, me pedías perdón:

“Para perdonarte necesito cargar tu cuenta a la mía. Para perdonar al próji­mo necesito reconocer que carece de los fondos que a mí me sobran, asumir sus deudas y constituirme en aval único de sus desfalcos.”

Ahora soy más fuerte que nunca porque estoy muerta. Contigo caí en la trampa alevosa de creer que a un don total de sí corresponde un don equi­valente. Por ese paso en falso, por esa fractura se me precipitó todo el vacío cósmico, toda la náusea, toda la incomprensión de cuanto me rodeaba, la incoherencia de lazos entre ser y ser, la huida pavorosa y centrífuga de pun­tos que habían sido coincidentes.

Más aún, cuando llegamos al crimen trunco que no por ello dejó de modifi­car lo inhabitable, supe que darlo por cometido era ya la única forma posible de supervivencia. Y seguir muerta.

De esa muerte me hice un bloqueo inexpugnable. Hoy esa muerte –la renun­cia al pan, al aire, al fuego, al horror, a la esperanza, a la música, a la caridad, al sueño y a la correspondencia–, me permite dar. Incluso darte a ti, por qué no, a manos llenas y en libertad, desde el otro lado de la vida.

Pero si ahora aceptara de ti no más que un mendrugo, resucitaría. Revivi­rían en mí el hambre y las exigencias. Y estaríamos en el umbral de una nue­va estación en el infierno.”

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Fragmento de “Minotauromaquia” de Tita Valencia. Su obra ganó el premio Xavier Villaurrutia en 1976 y escandalizó al mundo literario mexicano de la época, el cual volcó su indignación sobre la autora.

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Citas sobre creencias, ateísmo y religión

Con o sin religión, tendríamos gente buena haciendo cosas buenas y gente mala haciendo cosas malas. Pero para que gente buena haga cosas malas, para eso se necesita la religión. Steven Weinberg

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Lo que puede ser acertado sin evidencia también puede ser descartado sin evidencia. C. Hitchens

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Ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia. Carl Sagan

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Todos comenzamos siendo ateos. Nadie nace con una creencia en algo. Andy Rooney

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Cuando tú entiendas porque rechazas todos los otros dioses, entenderás porque yo rechazo el tuyo. Stephen Roberts

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Morir es, sencillamente, dejar de ser visto. Fernando Pessoa

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El escepticismo es el primer paso hacia la verdad. Denis Diderot

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El origen del pensamiento está en el desacuerdo, no sólo con los demás, sino con nosotros mismos. Eric Hoffer

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Conocer al otro requiere inteligencia, conocerse a uno mismo, sabiduría. Lao Tsé

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No creas nada, sin importar donde lo hayas leído ni quien lo haya dicho, a no ser que esté de acuerdo con tu propia razón. Siddarta Gautama, Buda

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La fe es creer lo que tú sabes que no es cierto. Mark Twain

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El camino de ida y de vuelta son uno y el mismo. Heráclito

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El hombre es un microcosmos del Universo. Demócrito

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El deseo de aprender está en la naturaleza del hombre. Aristóteles

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No hay nada en la mente que no haya estado antes en los sentidos. John Locke

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Los filósofos creen que las leyes religiosas son un arte político necesario. Averroes

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Se podría decir que el tiempo empezó con el Big Bang, en el sentido de que el tiempo anterior al mismo no estaría definido. Stephen Hawking

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La mente y el cuerpo son uno. Baruch Spinoza

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Todo lo que hay en el cielo y en la tierra, en una palabra, todos los cuerpos que componen el mundo, no pueden subsistir sin una mente. George Berkeley

La sustancia material de que hablan los filósofos, no existe. George Berkeley

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Apenas conocemos nada superficialmente, pocas cosas a priori, y la mayoría gracias a la experiencia. Gottfried Willhelm Leibnitz

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Pero, ¿qué soy? Un ser pensante. René Descartes

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El hombre sabio hace que su creencia sea proporcional a sus pruebas. David Hume

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La ciencia puede definirse como el arte de la supersimplificación sistemática. Karl Popper

Hume tenía razón al señalar que la inducción [generalizar lo particular] no tiene justificación lógica. Karl Popper

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Las intuiciones, sin conceptos, son ciegas; los conceptos, sin intuiciones, son vacíos. Immanuel Kant

La filosofía existe precisamente en cuanto que conoce sus límites. Immanuel Kant

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Comprender cuál es la tarea de los filósofos, para que sirve, es la razón. Georg Hegel

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La base sobre la que se apoyan todos nuestros conocimientos y aprendizaje es lo inexplicable. Arthur Schopenhauer

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Una persona con una convicción es una fuerza social igual a 99 que tengan sólo intereses. John Stuart Mill

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De cada uno, según sus capacidades; a cada uno, según sus necesidades. Karl Marx

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Nada es vital para la ciencia. Nada puede serlo. Charles Sanders Pierce

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Toda manera de clasificar algo no es más que una forma de manejarlo con un fin determinado. William James

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En las vidas de los individuos y las sociedades, el lenguaje es el factor de mayor importancia. Ferdinand de Saussure

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La educación no es cuestión de contar y que te cuenten, sino un proceso activo y constructivo. John Dewey

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Yo soy yo y mi circunstancia. José Ortega y Gasset

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La lógica no es una doctrina, sino un reflejo del mundo. Ludwig Wittgenstein

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En la lógica no hay moral. Rudolf Carnap

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El pensamiento para el futuro debe ser leal a la naturaleza. Arne Naess

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Ciencia y mito se solapan de muchos modos. Paul Feyerabend

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Del pensar nace la ansiedad del hombre. La Biblia

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Imagina que hemos escogido al dios erróneo. Cada vez que vamos a la iglesia sólo lo estamos enfadando más. Homero Simpson

Celebrando a Agnès Varda

Agnès Varda, directora de cine y fotógrafa francesa nacida un día como hoy en la Bélgica de 1928, fue una gran representante del feminismo así como una luchadora incansable por los derechos de las mujeres. Alguna vez sugirió a sus compañeras “salir de sus cocinas y de sus casas para hacerse de las herramientas necesarias para hacer películas”, argumentando que era necesario que existieran más mujeres directoras y no sólo actrices. Sus películas, de corte experimental, reflejaban los problemas que aquejaban a las mujeres de la época y eran un excelente ejemplo de crítica social.

Era famosa por ser dura con los estudiantes que se creían privilegiados, así como por ser muy critica del sistema educativo francés por ser “estúpido, anticuado, abstracto y completamente inadecuado a las necesidades de un joven de la época”, creyendo que había huecos tremendos de conocimiento que la educación francesa ignoraba o mostraba poco interés en atender.

Agnès en su juventud



Defensora de los derechos de la mujer en un tiempo en el que la lucha era extremadamente desigual, habló a favor del aborto libre, legal y seguro para toda mujer. Su esposo, Jacques Demy, con quien tuvo un hijo (y quien adoptara a la hija de Varda de una relación previa), logró aceptar su homosexualidad gracias al cariño incondicional de su esposa, quien le apoyara desde siempre hasta que falleciera por consecuencias del VIH/SIDA en 1990.

Agnès falleció el 29 de marzo de 2019 de cáncer a los 90 años. En la foto, una de sus citas más famosas: “quise ser una feminista alegre, pero estaba muy enojada”.

La legendaria Agnès Varda

¡Gracias por leer Piensología!

Descenso del New Shepard de Blue Origin

Acá el descenso del #NewShepard, el nuevo cohete suborbital de Blue Origin y competidor tecnológico de SpaceX.


Blue Origin es una empresa estadounidense de transporte aeroespacial fundada por Jeff Bezos en el 2000. Entre sus objetivos se encuentran los vuelos suborbitales y orbitales, tanto para misiones oficiales de Estados Unidos, como para vuelos privados.

Sobre las malas palabras…

“Obviamente no sé quién define a las palabras como malas palabras, tal vez sean como esos villanos de viejas películas, que en un principio eran buenos, pero la sociedad los hizo malos”. – Roberto “El Negro” Fontanarrosa en el III Congreso de la Lengua Española, 2004.

Diez años sin el Negro Fontanarrosa (qué lo parió) - Infobae

¿Son acaso tan malas “las malas palabras”?

Ese es un tema que ha sido discutido, pensado, confirmado y reinvestigado muchas veces. Una conclusión de corte común dice que a menos que haya un asunto que cause coprolalia constante (como en algunos casos de Tourettes u otros trastornos), el uso de groserías o blasfemias -como jocosamente le llaman algunos- en el uso normal del lenguaje incrementa la efectividad del mensaje y le hace más persuasivo, sobre todo cuando tiene un significado evidente que busca motivar, aclarar o puntuar un suceso importante.

Ergo, aunque comúnmente se use en círculos que muchas personas de mente más conservadora (por no decir mojigata) considera deleznables o dignos de gente con poco o pobre vocabulario, resulta que el uso de las mismas se ha probado estandarte de muchísimos genios literarios, artísticos, musicales y otros aplicables a lo largo de la Historia.

Aurelio Meza, escritor mexicano, menciona cómo autores de talla trajeron versiones de un lenguaje a sus lectores que otrora hubieran sido impensables, haciendo mención al lunfardo por Borges y Arlt, al inglés de los negros por Dickens, Faulkner y Toni Morrison (este de ascendencia negra) y el chilango por Pacheco y José Agustín. También debería añadirse a Tito Maccio Plauto, José Saramago, Charles Bukowski, Víctor Hugo, Lope de Vega, Honoré de Balzac​, François Rabelais y hasta el mismísimo Molière, quienes recurrieron a formas del lenguaje que muchos en su época consideraban soez, vulgar e inaceptable.

El artículo tiene una cita al final del gran Roberto “El Negro” Fontanarrosa, la cual dijera en aquella mesa de discusión hace años en el III Congreso de la Lengua Española (por ahí del 2003 o 2004 y que tuve la suerte de ver al momento), pero de esa mesa me permito citar otra parte que me ha gustado más: «A veces nos preocupamos porque los jóvenes usan malas palabras. A mí eso no me preocupa (que mi hijo las diga). Lo que me preocuparía es que no tengan una capacidad de transmisión y de expresión, de “grafismo” al hablar. Como esos chicos que dicen: “Había un coso, que tenía un coso y acá le salía un coso más largo”. Y uno dice: “¡Qué cosa!”».

Y luego cierra: «Porque no es lo mismo decir “pelotudo” que “tonto”» y yo confirmo, a mi modo, que no es lo mismo decir “menso” que “pendejo”.

Cierro texto y quedo atento a las órdenes de la editorial de Piensología y también agradecido a quien me lea. Que sigan con salud y con bien.

Afectuosamente,

Salvador Alejandro.

La verdad sobre Clitemnestra

Clitemnestra, reina de Mecenas, primera esposa de Tántalo y después de Agamenón. Su madre, Leda, poco después de haber pasado la noche con su esposo Tindáreo, habría sido seducida por Zeus en forma de cisne. De un huevo nació Clitemnestra y Cástor (hijos del esposo de Leda); del otro Helena y Pólux (aquellos del Padre de los Dioses).

Una versión en la mitología griega -la cual suele ignorarse para no ensuciar la memoria heroica de Agamenón- relata cómo éste (loco de amor) mata al primer esposo de Clitemnestra a sangre fría y asesina después al hijo recién nacido de ambos, arrancándole de los brazos de su madre y estrellándole contra el suelo, obligando después a la dolida mujer a casarse con él. De su amarga unión saldrían cuatro descendientes: Ifigenia, Crisótemis, Electra y Orestes.

Clitemnestra antes de conseguir su venganza…

En esa versión, Clitemnestra conseguiría su venganza años después gracias a Egisto, con quien asesinaría a Agamenón bajo el engaño de un banquete en su honor. Siete años reinaría Micenas con Egisto hasta morir a manos de su hijo Orestes, quien vengaría a Agamenón matándoles a ambos. Las Erinias (o Las Furias), que no veían bien los crímenes familiares, le harían perder la cordura revelándole la verdad detrás de su “heroico” padre.

El resto es historia.